dijous, 27 de febrer de 2014

 He amado tus pecas, tus ojos y ojeras. He amado la forma que tienes de irte, y de mirarme como si me matases antes de cerrar la puerta. He bailado contigo, he llovido a tu lado, me he acostumbrado a que nunca me acostumbres del todo por ser cada día distinta, pero sin ser otra.
 Confieso que, cuando sonríes, aún me pellizco en secreto para ver si estoy en un sueño; y al final he entendido que no hay suficiente poesía en el mundo para hablar de ti.
 Eres inexplicable, como casi todo lo que nos hace felices. Vas, y vienes. Te paras, ríes, me tiras un beso, tapas tu cabeza con las sábanas cuando duermes, te abrazo por la espalda y me apartas el pelo, me coges la mano y aprietas con fuerza.
 Una vez me dijiste: "los finales felices sólo son para aquellas personas tan tristes que son incapaces de disfrutar de la historia, porque lo importante es el camino, claro". Las vistas, el cielo azul, las nubes, y el olor de la calle después de una tormenta. Tu espalda, tus rodillas y tu barbilla. Tus ojos marrones, como las hojas que se secan en otoño. Tus besos con lengua, tus besos, tu lengua.
 Y cuando a veces estás triste y agachas la cabeza, entonces, me acerco y te digo que estoy ahí, que estoy contigo, en cualquier parte pero a tu lado. Que estamos en esta mierda juntos. Y entonces levantas la mirada, y te brilla, y te juro... te prometo que lo bonito del amor no es amar las cicatrices del otro, sino que la otra persona te ayude a amar las tuyas.

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